miércoles, 31 de octubre de 2007

¡Corre!

Me quisiste decir una última frase, pero ya era tarde. Al recuperar el aliento y la noción de tu preciada realidad escarlata, ya no me ves junto a ti, sientes mi ausencia con un ligero toque de indiferencia. Luego de esto sigues danzando bajo tu propio ritmo.

Eso fue lo último que alcance a notar antes de desaparecer corriendo. No lo entiendo pero escape, corrí como si la muerte hubiera demandado por mi alma, corrí sin que tú me importaras, sin miedo a nada. Las personas me observan de forma extraña y algunas se murmuran, según ellos debo ser alguna especie de criminal o un paranoico para ir de esta forma, e incluso una de ellas me detiene:

-¿Qué ocurre?, ¿Estas bien? –me dice aferrándose a mi brazo, mientras la miro fijamente a sus ojos cubiertos por unos lentes ópticos. “Que dulce es al intentar calmar mi extraña angustia” me digo en mi mente, creo que no olvidare la suavidad que contenían sus tímidos gestos hacía este extraño, pero no me debo distraer con ella debo continuar con lo mío.

Vuelvo a correr más ligeramente. Dicen que los recuerdos nos persiguen pero esto es ridículo, ni siquiera podía pensar hacía donde me dirigía, ¿Qué me deparara el destino en este momento?

En eso me detiene un agudo y molestoso chirrido…

Siento un ligero golpe en la rodilla derecha provocado por el toque de un auto. Muchas miradas se detienen en la escena del clásico atropello: La “Víctima” no se da cuenta, el conductor histérico, la señora inculpando al conductor, los jóvenes curiosos y como siempre, la ausente autoridad. No me encontraba en el uso de mi razón, había cruzado por la mitad de la avenida sin fijarme en nada ni nadie, me preguntan si estoy bien pero no respondo, pudo haberme pasado algo… pero eso tampoco me importa ahora.

El conductor tuvo piedad con esta desesperada criatura, con gusto hubiera invitado a un café y le agradecía la situación, pero el tiempo es oro en estas situaciones así que procedí a finalizar el último recorrido. El conductor me grita algo, quizás un improperio, pero no me importa en este momento.

Sin dirección ni destino alguno sigo corriendo, me siento atraído por el límite de este lugar. Corro hasta el límite indicado por un reloj desgastado por su propia carga, el tiempo. Me detengo junto a el, ya no daba más, ya no quiero más ¿Cómo llegue a esto?

Obedeciendo al dicho: “Los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez” me detuve para pensar en todo, principalmente en la respuesta a mi interrogante. Podría culpar al tiempo, a las personas e incluso hasta a mi, pero no tendría sentido buscar al culpable ya que solo ocurrió, nuestra relación se desgastó. No valía la pena pensar ya, solo debía volver a casa y dejarme caer un rato en el jardín invernal de mi propia realidad.

martes, 16 de octubre de 2007

Instante

El fuego se apaga junto al último cigarro, los latidos se detienen junto a tu respiración. El silencio se impone con la aparición de aquel espectro azul que se encontraba encerrado en tus ojos. El espectro se acerca, me hace ver el termino de nuestra fiesta, me hace querer buscar lo nuevo en lo cotidiano.
El tiempo se vuelve a detener para mí. Calles vacías, silencio oportuno, luz tenue y una sobrecogedora sensación. Con esto, el ciclo se volvía a completar, ya era hora de volver a mí esperanzadora realidad.
Transcurren unos minutos y nuevamente vuelvo a encender otro cigarro. Mientras la nicotina se introduce en mi organismo murmuro:

"No respires, no hables, ni tampoco murmures. Cierra tus ojos, todo estará bien... ¡No lo abras aún!. ¿Deseas saber cuando deberás abrir tus ojos? Sólo busca en tu interior aquella pieza que falta en esta escena. Dame tu mano, deja sentirte, ¿Lo haz percibido?.Si suelto tu mano o si dejas de oír mi respiración, podrás abrir tus ojos. Todo estará bien pequeña, solo cree en mí"

Ligeramente empiezo a cerrar mis ojos y de a poco voy soltando tu mano. Vuelves a abrir tus ojos...

El ritmo vuelve, las calles infestadas y el ruido cotidiano. Te sientes vacía al notar lo ocurrido...